Acabo de leer un artículo de Javier Marías en el País, y puesto que no tenía la opción de comentarlo me he venido a este blog para mostrar en público mi opinión.
El artículo en sí se titula "Por qué casi nadie es de fiar". En él el autor defiende que hemos de sospechar de la gente que coloca por encima de las relaciones personales cosas impersonales o abstractas. Nos dice que la mayoría de las personas traicionan a otras personas en aras de esa cosa abstracta. Así el futbolista se vende por dinero, el religioso por su fe, etc. Y dice sentirse más a gusto en compañía de aquellos "que carecen de toda lealtad superior, que nunca anteponen ninguna abstracción al aprecio por sus allegados, de quienes sólo se volverían contra mí por mis actos y no por ningún dogma ni creencia ni ideal".
He de decir que el artículo me ha gustado muchísimo. A la vez me ha hecho pensar, que es lo que yo creo todos buscamos cuando leemos un artículo de opinión, a menos que seamos fanáticos incondicionales de un articulista. A mí Javier Marías me parece uno de los mejores escritores españoles actuales, y la temática del artículo, lejos de parecerme ajena me ha parecido tan cercana y compleja que me ha dado por añadirle nuevos matices y colores.
A mí, como al autor de este artículo, también me ocurre que me siento más a gusto cuando estoy con alguien que no parece "obsesionado" por ningún ideal superior. Sin embargo, disfruto en grado sumo cuando estoy en compañía de personas con quienes comparto unos determinados valores. Así debe de parecerle también al gran Marías cuando indica que comprendería que esos allegados se pudieran volver contra él por sus actos.
No queda muy claro si estos actos excluyen aquellos que ocurren fuera del ámbito del propio grupo. Me explico: si el autor debiera una cantidad de dinero que no tuviera intención de devolver a un amigo se supone que se comprendería que le diera la espalda. No se sabe si el autor se refiere también con ese comentario a que debiera dinero a alguien de fuera del grupo. Se supone que sí. Creo que entonces no se estaría hablando de un ideal superior sino de una manera de ser compartida o al menos comprendida o soportada por el grupo.
Es aquí cuando llego al punto que quería tomar y que titula mi comentario. En los gustos personales de cada uno cabe de todo, y caben incluso cosas que pueden resultar desagradables a alguno de nuestros allegados. Solemos llamar a la manera de comportarse de uno su educación, cuando en realidad esta palabra comporta dos conceptos en sí misma: conocimiento y sensibilidad.
La persona más sabia del mundo sería vituperada en determinados círculos si no se comportase con una determinada sensibilidad admitida como correcta para ese grupo. Es algo razonable por otro lado. Pero ocurre entonces que el propio grupo estaría obrando conforme a unos ideales que están por encima de los actos de esa persona.
Bueno, pues es tanta la influencia de esta tendencia en los tiempos que vivimos -la exacerbación del gusto propio o compartido- que hace peligrar el resto de valores del que nos habla el autor. Es tanto nuestro gusto por una determinada sensibilidad que hace peligrar nuestra capacidad para entender determinados conocimientos. Con ello se produce un sesgo en la educación de las personas: aprehendemos entonces los hechos desde una determinada sensibilidad e ignoramos y despreciamos los hechos que acontecen a personalidades con sensibilidades diferentes. Con ello aprehendemos un conocimiento también sesgado.
Díganme entonces si esto no es lo que el autor quería denunciar en el artículo: que casi nadie sea de fiar. Porque, creo yo, que cuando ponemos a nuestra sensibilidad por encima o como tamiz de nuestras relaciones personales, estamos invariablemente apelando a algo abstracto y superior a éstas.
Yo, personalmente, me encuentro más a gusto entre personas que son capaces de comprender a personas con sensibilidades muy diferentes a las suyas, que cuando me integro en un grupo donde las relaciones personales están medidas sólo por el afecto que marca el tener una misma o parecida sensibilidad. Saber diferenciar esto es lo que, desde mi punto de vista, marca la diferencia entre la enclenque e hipócrita educación, falsa y sesgada, y mentada tan a menudo, y la Educación con letras mayúsculas.
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